Compartir Post :

A mi querido impostor

Leyendo

A mi querido impostor

¿Has sentido que no eres suficiente? ¿Que tus logros son pura suerte? ¿Que en cualquier momento alguien descubrirá que no sabes tanto como aparentas, aun teniendo pruebas claras de lo contrario? Esa voz interna tiene nombre: síndrome del impostor.

Este fenómeno fue descrito en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, al observar que incluso mujeres brillantes y exitosas dudaban de sus propios logros. Desde entonces, la investigación ha mostrado que no es una rareza individual, sino una experiencia común: se estima que cerca del 70% de las personas lo experimentará en algún momento de su vida (Sakulku, 2011).

El impostor se manifiesta como una voz crítica y constante, que minimiza tus logros, cuestiona tu valor y genera la sensación de estar ocupando un lugar que no te corresponde. Reconocerlo es el primer paso para dejar de confundirlo con tu identidad, y una estrategia poderosa para enfrentarlo es escribirle una carta: ponerlo frente a frente, cuestionar sus mensajes y empezar a bajarlo de ese trono imaginario al que lo hemos subido.

Escribirle es un ejercicio poderoso que trabajo con frecuencia en mis sesiones. Una forma de reconocerlo y confrontarlo es a través de una carta, que podría sonar más o menos así:


Carta a mi Querido Impostor“.

Gracias por acompañarme hasta aquí y aparecer cuando absolutamente nadie te llama.

Sí, existes. Y ponerte nombre me ayuda a reconocerte, a dejar de confundirte conmigo y empezar a darte el lugar que verdaderamente te corresponde.

Me he puesto a pensar: qué fácil es tu postura. Te sientas en un trono (que yo mismo/a te di) y me hablas desde arriba, con tono crítico y sentencias absolutas, como si tu voz fuera lo único cierto. Lo peor de todo esto, es que muchas veces hasta yo mismo/a, me lo he creído como si fuera verdad.

Llevo tiempo escuchándote decirme de cerca:

  • No eres suficiente.
  • Estás ocupando un lugar que no te corresponde.
  • Cuidado, cuando hables, todos se darán cuenta que no sabes nada.
  • Seguro te fue bien porque el resto no se esforzó casi nada, qué fácil es sobresalir así.
  • No deberías celebrar tanto, aún te falta mucho por alcanzar.
  • En cualquier momento se van a dar cuenta de quién eres en realidad .

Fuertes declaraciones, que he escuchado desde cerca con plena atención. Pero hoy, mi querido impostor, prefiero:

  • Sentir que soy suficiente, que estoy aprendiendo y que aún me queda mucho por dar.
  • Ocupar mi lugar como propio, aunque a veces me tiemblen las manos.
  • Hacerlo con miedo, antes que no hacerlo.
  • Levantar la mano y equivocarme, que quedarme con las ganas.
  • Valorar mi esfuerzo con consciencia, porque la comparación es conmigo mismo/a y no con el resto.
  • Celebrar cada logro, por pequeño que sea.
  • Que los demás me conozcan con lo bueno, y con lo no tan bueno, también. Eso me vuelve auténtico/a. 

Me decepcionas. Tu nunca arriesgaste nada, yo sí. Avancé con miedo, con dudas, con incertidumbre, pero avancé. Y eso me basta. Eso sí que es suficiente y motivo para sentir orgullo y – porque no – para celebrar. En cambio tú, ¿qué has hecho? ¿qué has logrado? ¿qué has arriesgado? ah, lo suponía, nada.

Querido impostor, gracias por estar ahí durante tanto tiempo, pero ya no te necesito cerca.
Mi éxito no es casualidad: es fruto de mi talento, de mi esfuerzo y de mi perseverancia.
Hoy elijo seguir sin ti, porque hoy me doy cuenta que nunca fuiste más que ruido de fondo e interferencia.

Gracias por tanto … y por tan poco.


Así que la próxima vez que dudes de ti, no lo pienses demasiado: escríbele una linda carta a tu querido impostor.

Resultados: Mayor claridad, foco y próximos pasos concretos.