Por María Jesús Ramírez · Psicóloga laboral y Coach de carrera
“Ama lo que haces y no trabajarás ningún día más de tu vida”
Creí en esta frase fervientemente durante muchos años. Estaba convencida que si uno encontraba lo que realmente le apasionaba, sería parte de ese selecto grupo de privilegiados que no trabajarían un solo día por el resto de sus vidas. Suena casi a final feliz de película.
¿Por qué creí tan ciegamente en esta idea? Porque soy inquieta, busco, estudio, observo personas en el entorno profesional y creo que la vida no es azar, sino encontrar aquello para lo cual fuimos creados. Suena místico, pero fue mi convicción durante años, hasta que empecé a ver que algo estaba faltando en la ecuación, la mayoría de las personas con las que conversaba se sentían disgustadas hasta cierto punto con lo que hacían para ganarse la vida (trabajo demasiado, no me llena lo que hago, no sé porqué hago lo que hago, no tengo tiempo para mi, odio a mi jefe, no sé adonde voy, etc).
La presión del propósito profesional
Y no solo eso, además del disgusto, aparecía una angustia creciente: la sensación de ser parte del montón que aún no encontraba eso que amaba y que tenía que hacerlo.
Y claro, si entendemos trabajo desde su origen latino tripaliare, que significa “torturar” y deriva de tripalium, un “instrumento de tortura de tres palos”, la verdad no ayuda mucho. Pero el problema es más profundo: vivimos en una sociedad saturada de la palabra “propósito” y el no conocerlo, ni vivirlo genera una frustración grande.
Entre libros de autoayuda, gurús y la promesa del tesoro al final del arcoíris, trabajar en algo que no toca ninguna de esas notas se vuelve agobiante. A eso se suman frases que he escuchado miles de veces:
“No vibro con lo que hago”,
“No logro encontrar eso que me mueve”,
“Me duele la guata los domingos en la noche pensando que el lunes tengo que ir a trabajar”.
Frases que todos nos hemos dicho alguna vez en la vida en mayor o menor medida.
Cuando el propósito profesional se convierte en exigencia
Vivimos rodeados de tazones, lápices y cuadritos que dicen “love my job”, vemos publicaciones en redes sociales que afirman “amo lo que hago” o “haz las cosas con pasión, si no, no las hagas”. Y sí, pueden ser motivadoras. A veces. Pero también son tremendamente exigentes. En muchos casos, el problema no es la falta de propósito profesional, sino la forma en que se nos ha enseñado a buscarlo.
¿Existe alguien que se levante todos los días de su vida con ganas de comerse el mundo? ¿Todos los días? Probablemente no. Porque incluso quienes aman su trabajo con toda su alma tienen días negros, conflictos, desmotivación y cansancio. El llamado propósito también tiene días grises, oscuros, sin rumbo, con frustraciones; porque son parte de la vida misma.
Dejemos de creer que el éxito de algunos tiene que ver solo con suerte o con haber encontrado un boleto ganador caído del cielo. En todos ellos probablemente hay preparación, constancia, dedicación, caídas, reinvención y atención a las oportunidades que aparecen. Me atrevo a decir que la diferencia entre ellos y el resto está en que son capaces de elegir conscientemente su rumbo (con todo lo que eso implica).
Recuperar la sensación de elección
Me acuerdo de una profesional que llegó muy angustiada a sesión porque sentía que lo que hacía no estaba alineado con su “pasión” y “propósito”. Fuimos directo a sus motivaciones.
Cuando le pregunté qué valoraba de su trabajo actual, apareció una lista conocida: estabilidad, buen sueldo, beneficios para su familia, identidad, trayectoria, un equipo amable y una relación laboral que, con sus matices, funcionaba.
Y cuando miramos lo que menos valoraba, surgió el otro lado: sentirse presa del tiempo, la falta de flexibilidad, el miedo a quedar sin nada si la despedían y la sensación de que todo su conocimiento terminaba sirviendo a otros y no a ella.
A partir de ahí, dejó de pelear con la idea de “no estoy viviendo mi propósito” y empezó a entender qué sí estaba recibiendo y qué le estaba costando. Esa mezcla es incómoda, pero también liberadora.
Su pregunta dejó de ser “¿cómo encuentro mi pasión?” y se transformó en algo mucho más concreto:
“¿Qué necesito ajustar hoy para estar mejor mañana?” Y desde ahí empezó a darse cuenta de todo lo que le daba este trabajo, de dejar de romantizar el propósito y darse cuenta que ella estaba eligiendo estar donde estar con sus luces y sombras. Y eso también era una elección consciente.
El propósito no siempre se encuentra, se construye
Otro coachee vivió un proceso similar. Dejó de preguntarse “¿cómo encuentro lo que amo?” y pasó a preguntarse “¿qué quiero construir para mí?”.
Eso lo llevó a reconocer que había llegado a su techo emocional y profesional. No renunció impulsivamente. Armó un plan. Revisó sus finanzas, definió aprendizajes necesarios, conversó con personas clave, mapeó oportunidades reales y se dio un plazo.
Cuando renunció, lo hizo desde la decisión, no desde la huida. Y eso le permitió moverse hacia un trabajo que le hacía más sentido e incluso abrir un proyecto propio que llevaba años postergando.
Su éxito no fue descubrir una vocación escondida bajo una piedra. Fue recuperar la sensación de elección.
Cómo construir sentido en el trabajo sin romantizarlo
Quizás amar lo que hacemos es una elección cotidiana. Y cuando esa elección se apaga, toca mirar, aceptar y recordar que nuestra vida es más grande que un solo camino profesional.
No se trata solo de encontrar el trabajo adecuado, sino de conocernos, aceptar nuestras luces y sombras, tomar decisiones conscientes y entender que el proceso importa tanto como el resultado.
Antes de angustiarte por no haber encontrado tu propósito, reconoce quién eres, valórate desde ahí y todo lo que has construido.
Conócete. Reconoce tus motivadores.
Y desde ahí, decide qué quieres construir.