Por María Jesús Ramírez · Psicóloga laboral y Coach de carrera
Nunca fui muy buena para memorizar, leer y estudiar en el colegio. Cuando era chica me costaba concentrarme: mi mente divagaba por todas partes. Sentía que estaba perdiendo el tiempo, porque quedarme quieta tratando de memorizar los años de la Guerra del Pacífico se sentía un tanto asfixiante, cuando en realidad podía estar pintando, actuando, creando, cantando, bailando o moviéndome. Esa sensación de crear me generaba una satisfacción enorme, el contactarme con la expresión artística, con el movimiento, con la espontaneidad.
Aprender que lo valioso ocurre en la cabeza
Años más tarde, entré a estudiar una carrera que implicaba leer en forma casi permanente —me atrevería a decir que en un 80%, sin exagerar— y fue un tremendo desafío. Mi inquietud por entender la mente de los seres humanos fue más fuerte, y creo que eso me ayudó a agarrarle el gusto a los extensos textos de Freud y Jung. Me empecé a enganchar con esto de aprender, la evidencia, la data, los análisis. Sin darme cuenta, también estaba aprendiendo otra cosa (que hace pocos años pude nombrar): que lo valioso parecía ocurrir principalmente en la mente. Que pensar, analizar y comprender eran habilidades que se reconocían y premiaban, mientras que el cuerpo y la emoción quedaban en segundo plano: un hobby, algo de la intimidad, lo accesorio. Ojo que acá no quiero sonar desagradecida con mi carrera, ni con el privilegio de haber podido estudiar. Hasta el día de hoy valoro todo lo que la universidad me entregó —disciplina, enfoque, perspectiva y conocimiento. Al punto que voy, es que en esa época una parte importante de lo que soy quedó fuera de la conversación, porque “no era relevante”.
El traje duro de la adultez
Me titulé y mi primer trabajo fue en una multinacional. Aprendí a presentar números. A responder rápido. A argumentar bien. A parecer segura. De a poco fui entendiendo que había ciertas partes de mí que parecían tener mejor recepción que otras en este entorno corporativo, me fue bien, fui ascendiendo. El intelecto era bienvenido en este espacio de adultos. La emoción seguía siendo un poco sospechosa, te hacía vulnerable y más débil. El cuerpo prácticamente invisible. Me fui construyendo un traje duro, el traje que yo creía que había que usar en la adultez. Un traje que no se permitía sentir, ni conectar, ni movilizarse. Un traje resolutivo.
Si somos cuerpo, emoción y lenguaje, ¿por qué vivimos como pura cabeza?
Durante años pensé que esto era algo mío. Que yo había cambiado. Pero con el tiempo empecé a preguntarme si no era algo más grande. Este traje no me hacía sentido, lo veía como impuesto, poco mío. El año 2019 tomé la decisión de certificarme como coach ontológico, contra todo pronóstico de lo que a esa altura había considerado que era “ser adulta seria”. Porque esta formación partía de la premisa de que el ser humano es una unidad de cuerpo, emoción y lenguaje (Ontología del Lenguaje, Echeverría, 1994). Todo el programa trabajaba los tres dominios por igual, de forma teórica y muy experiencial. Y ahí apareció una pregunta que hasta hoy me sigue acompañando: si somos cuerpo, emoción y lenguaje, ¿por qué vivimos como si fuéramos solamente cabeza?
El ramo que nunca tuvimos
La educación tradicional escolar pone casi todo su peso en lo racional: pensamiento crítico, análisis, memoria. Que sí, es base del aprendizaje, nadie lo discute. Pero no hay ramo de educación emocional ni de autoconocimiento. Y aunque existe educación física, ahí el cuerpo aparece como rendimiento —correr, saltar, una nota por dominar la pelota—, nunca como disposición corporal conectada con lo que somos: el cómo habito mi cuerpo, qué digo sin hablar, qué pasa con la postura, la mirada, la distancia con el otro. De eso no hay pruebas ni exámenes, ningún espacio donde alguien nos diga: esto también importa.
El meta-análisis de Durlak y colegas (2011), que reunió más de 270 mil estudiantes, mostró que los programas de aprendizaje socioemocional no solo mejoran las habilidades sociales y el bienestar: también elevan el rendimiento académico en once puntos percentiles. Es decir, atender la emoción no le quita tiempo a aprender; lo potencia. Algunos sistemas ya lo tomaron en serio: en Canarias, la educación emocional es asignatura obligatoria en primaria desde 2014. Acá en Chile seguimos tratándola como tema de sobremesa en el modelo de educación tradicional.
El error de creernos solo mente
Y lo interesante es que la evidencia viene apuntando en la misma dirección desde hace décadas. Antonio Damasio llamó El error de Descartes (1994) justamente a la idea de que la mente piensa separada del cuerpo: sus estudios mostraron que sin emoción no hay buena decisión, que la razón necesita del cuerpo para funcionar. No somos pura cabeza, ni siquiera cuando creemos estar siendo más racionales. Sin embargo, seguimos viviendo fragmentados. Algo así como una versión atenuada de Mark Scout en Severance (Apple TV+), partido en dos: su rol del trabajo no sabe nada de lo que hace en su vida privada, y viceversa. Cada vez que entra a su oficina, se desconecta. Vive dos vidas paralelas. Como si fuesen dos personas completamente diferentes. Nosotros no llegamos a ese extremo —por suerte—, pero hasta donde sé, el cuerpo, las emociones, las vivencias y la memoria son los mismos que nos acompañan cuando estamos presentándole los resultados del trimestre al CEO y cuando estamos cantandole feliz cumpleaños a la abuela en familia.
Regular no es el problema; sobrecontrolar sí
Cuando somos niños vivimos manifestando a través del cuerpo y la emoción: un niño llora, salta, se aburre y lo dice, se entusiasma sin pedir permiso. Crecer es, en buena parte, aprender a regular eso. Y está bien que así sea: la regulación emocional es parte de la madurez y de poder vivir con otros. Ekman y Friesen lo describieron a fines de los años sesenta con el concepto de “reglas de exhibición emocional”: desde chicos aprendemos, según nuestra cultura y nuestra familia, qué emociones conviene mostrar y cuáles guardar.
El problema no es regular. El problema es sobrepasarse. Hay un punto donde la regulación se vuelve sobrecontrol: el adulto que regula tan bien, tan automáticamente, que ya no registra lo que siente. No es que no tenga emociones; es que dejó de escucharlas. Y ahí está, creo, buena parte de la desconexión que veo en el mundo del trabajo. No se trata de llegar a llorar en las reuniones, ni de hacer yoga en la sala de directorio. Se trata de no haber perdido el canal entre los 3 mundos.
La emoción es dato, no ruido
Hoy trabajo con profesionales que saben explicar perfectamente una estrategia, pero no logran nombrar qué les pasa. Profesionales exitosos que cumplen todas las metas que se propusieron y aún así sienten un vacío. Personas que cambiaron tres veces de trabajo cuando en realidad necesitaban hacerse una pregunta distinta. La emoción es información: una señal de que algo nos importa y pide atención. En la ontología, además, cada emoción nos predispone a actuar de cierta manera. La frustración por el proyecto perdido marca dónde pusiste tu energía y avisa que algo se sintió injusto. La tristeza del despido mide cuánto te identificabas con ese lugar y viene a honrar lo que ese espacio significaba. La euforia de superar la meta empuja a compartirla, a amplificarla hacia afuera. La emoción no es ruido a gestionar: es dato.
Y el cuerpo dice cosas que las palabras no alcanzan a tapar: el tono, los silencios, hacia dónde mira alguien cuando responde. El coaching ontológico habla de disposiciones corporales —resolución, apertura, estabilidad, flexibilidad— como un repertorio que se puede reconocer y elegir, no algo que solo nos pasa.
Madurar no era desconectarse
Aprendimos a pensar muy bien. A argumentar. A analizar. A controlar. Y todo eso tiene valor, sin duda. Pero quizás, en algún punto del camino, confundimos madurez con desconexión. Quizás crecer nunca se trató de dejar atrás el cuerpo ni las emociones, sino de integrarlas. Porque no somos una mente transportada por un cuerpo. Somos las tres cosas al mismo tiempo. Y tal vez la coherencia que tanto buscamos no aparece cuando pensamos más, sino cuando logramos escuchar e integrar las tres voces.
Pienso en esa niña que prefería moverse antes que quedarse quieta. Creo que no estaba perdiendo el tiempo; sabía algo que me costó años volver a recordar.
Y tú, ¿te has puesto a pensar qué dejaste fuera para parecer adulto/a?